OPINIÓN
Por Marcos Sánchez
La Romana, R.D.- El reloj marcaba las 7:28 p.m. de anoche 27 de enero de este recién iniciado 2025, cuando alerté a mi padre que el séptimo y definitivo juego de la Serie Final 2024-2025 de béisbol dominicano entre Leones del Escogido y Tigres del Licey estaba apunto de irrupcionar.
Mi papá me llevó de niño al Estadio Romana (ahora Francisco A. Micheli) a presenciar un juego en el cual los Tigres del Licey era el equipo favorito (y más taquillero) de los restantes del torneo invernal quisqueyano.
Era un lleno total allí y el bullicio hacía vibrar todo el lugar. La experiencia fue única ya que nunca había estado en un evento multitudinario en donde la efervescencia del fanático le ganaba el nivel de potencia a los decibelios de los altoparlantes. Era algo realmente frenético.
Amistades de larga data siempre me han exigido que siendo de La Romana debía tener predilección por Los Toros del Este (antiguos Azucareros del Este), en una extraña elección en la cual muchos de ellos no nacieron ni en Nueva York o Boston, e igual son acérrimos fanáticos de los Yankees y Medias Rojas, respectivamente.
No logran entender algo: La elección sobre un gusto es un tema netamente subjetivo y va más allá de imposiciones, tradiciones o modas del momento. Se trata de una decisión personal. En mi caso opté por simpatizar por los Tigres del Licey por convicción. Años después en mi adolescencia y eventual adultez, se ratificó.
No soy fanático. Simpatizo por un equipo y me identifico con su espíritu ganador. Sumado a eso, me gusta el béisbol como tal y así como el talento no tiene domicilio, para mí una buena jugada no posee nombre de un atleta ni marca registrada.
En este punto, el icónico séptimo juego de anoche, será uno recordado por larga data, ya que la característica central del choque, fue una entrega total de un Escogido dispuesto a todo en contra de un Licey con ribetes triunfalista.
La mañana de este martes 28 de enero, 2025 se tiñó en comentarios sobre lo que para muchos significó la victoria escarlata, dejando entrever un subterfugio que reafirma una rivalidad matizada por clases sociales.
Para un enorme segmento poblacional (fanáticos ante todo) que gusta ver béisbol dominicano, ve a los Tigres del Licey como un equipo elitista, al cual deben aplastar como sea debido a que su accionar (y el de sus seguidores) proyecta arrogancia y no espíritu deportivo.
La percepción no es exclusiva mía, aún siendo yo admirador del Licey. Es generalizada a un punto que el narrador más popular de ese equipo llegó a expresar que se trataba «del país entero en contra del Licey». Una postura poco elegante ya que la narración profesional debe discernir entre lo objetivo y subjetivo.
Dicho esto, ser liceísta no es necesariamente ser de una estirpe superior a nadie, como tampoco que alguien simpatice por el Escogido signifique ser de «otra clase».
El béisbol desata pasiones que van en un abanico dotado de críticas (ácidas y otras veces favorables), enfrentamientos innecesarios, risas y lágrimas, decepción y esperanza, entre múltiples más.
En un enfrentamiento, habrá siempre un ganador y un perdedor. No etiquetes a uno u otro basándote en temas personales o usando una victoria/derrota para demeritar/aupar a alguien.
El béisbol es un deporte que nos une. Es un ejercicio de mancomunidad en donde todos somos una sola cultura: Dominicanos llenos de alegría y un accionar folklórico inexistente en ningún otro lugar del planeta.
¡Que goce el que gane y que no signifique una oportunidad de ultrajar al prójimo!

