COLABORACIÓN
Por Darío Yrizarry
Dos décadas atrás los dominicanos esperábamos, por asunto de lógica, la ruptura de las relaciones con el conglomerado haitiano dado que el exceso de orgullo que aun muestran, germinó y creció por la flacidez de una claque que desde nuestro territorio abono.
La genuflexión de los gobiernos que les han sucedido al presente, ha permitido por tradición que los mismos hayan creado una “estructura empresarial” a toda luz alejado de los intereses nacionales, cuyo dominio se encuentra en mano de las cinco o seis familias que inciden en la producción, elaboración, comercialización, explotación de mano de obra y exportación de bienes y servicios hacia Haití, las mismas que se han convertido en amos y señores de la decisión electoral del pueblo dominicano.
La sociedad dominicana se ha acostumbrado a vaciar todas sus frustraciones en los gobiernos de turnos, enfocándose en insatisfacciones sociales que desde décadas los afectan física y emocionalmente. Y uno de los grandes males existenciales de los que pocos se dan por enterados y muchos callan, es el dominio que ejerce el “clan empresarial dominicano”, quienes con sus gruesos recursos les arrebatan al pueblo el poder de decisión electoral, adueñándose de ella para llevar como representantes a quienes les garantizan sus intereses empresariales.
Esas familias tradicionales de apellidos rimbombantes a quienes todos conocemos, son las mismas que luego de la muerte de Trujillo y del golpe de Estado a Juan Bosch en el 1963, han dominan el comercio en todas sus facetas hasta el presente, incidiendo en las masas de manera abierta a la intención del voto con el concurso de los propios partidos.
Son los mismos responsables de que hoy la “inmigración ilegal” de nuestros vecinos los haitianos nos coloque al borde de un enfrentamiento bélico, por las tantas auto violaciones que hemos venido haciendo de nuestras leyes para favorecer a unos renegados sociales.
Los dominicanos hemos perdido la capacidad de receptividad a una nueva teoría conforme a un entendimiento con el uso del protocolo internacional y las propuestas insulsas, por lo que nuestra “Quisqueya la Bella” jamás podrá convertirse en depositario de los males conductuales que exhibe la sociedad Haití, aquella misma que no han tenido la capacidad de interpretar el mundo en que justo ahora vivimos para alcanzar los objetivos. Una sociedad que vive aferrada al oscuro pasado, lo que le ha impedido abrazar los conocimientos de la inteligencia artificial.
Una sociedad tribal que en pleno siglo XXI no han definido su identidad existencial, quedando rezagados en el tiempo, exhibiendo una conducta abismalmente divorciada del mundo de hoy.
¿Es de los dominicanos la desgracia haitiana?

