COLABORACIÓN
Por Tomás Gómez Bueno
Eso que el lenguaje de la piscología y de las relaciones humanas le ha dado con llamar autoestima, ya no es esa salvaguarda inocua que empleaban las personas para cubrir su decoro y dignidad intrínseca ante posibles embestidas de soberbia y bajos sentimientos que solapa o abiertamente suelen alterar las formas de cortesía y buen trato que deben primar en nuestras relaciones con los demás.
La autoestima ya no siempre funciona como una defensa interior sensible a nuestro honor y recato. Las sutiles luchas de poder e intriga que se dan en las interrelaciones humanas han convertido esta natural protección que reviste las fibras de nuestros sentimientos en una afilada y sutil arma de ataque que muchos manejan con disimulada habilidad y destreza. Sensaciones de odio, envidia, orgullo, y traumáticos conflictos no resueltos, devienen en engañosas reacciones que muchas personas pretenden blandir como su escudo de autoestima, cuando son en realidad todo lo contrario: armas dañinas sobre la que han diseñado toda una estrategia de asedio y ataque permanente a los otros.
Gran parte de los filósofos y pensadores actuales desde la antropología, la psicología, la teología y otras ciencias y conocimientos dedican esfuerzos buscando descodificar la construcción de lo que se ha vendido como el “éxito” y la “felicidad” y ha devenido en ser banalidad, falsedad y engaño. Se trata de una época que ha sido nombrada como la era del vacío, de la simulación, del olvido, la sociedad líquida, la sociedad ególatra del narcisismo y la fragilidad entre otros epítetos que la tipifican y definen.
Paralelo a esta reflexiones de filósofos y pensadores corre de forma vertiginosa y fácil una literatura tramposa que vende sueños de grandeza y éxito, que exalta y eleva a las personas a posiciones de privilegios y poder que las hacen sentirse dueñas del mundo y centro del universo, y a quienes se les hace creer que toda la realidad está puesta al servicio de sus caprichos y extravagancias. Se trata de un tipo de literatura “rosa”, ligera y de consumo rápido y popular, dirigida a inflar egos expandibles, y que mucha gente vive y disfruta sin ningún discernimiento, a pesar de correr el riesgo de hacer de estas vanas lecturas su manual de vida. Algo tan deplorable como trágico.
Es una literatura repleta de ideas apetecibles y ligeras, de enganche fácil y difusión rápida. De su contenido se alimentan muchos predicadores cristianos que la asimilan sin mucha dificultad ni esfuerzo. Es también material bosquejado por conferencistas y hasta consejeros de propuestas y sueños dorados de prosperidad y bienestar sin límites que buscan más su promoción particular que la construcción del carácter y la vida de las personas que pueden ser alcanzar con su ministerio. Son las conocidas terapias de auto ayuda y desarrollo del potencial humano, en muchas de las cuales se filtran valores que exaltan el individualismo, el poder, el control y la superioridad que entienden estamos supuestos a desplegar frente a nuestros semejantes, en muchos casos, en abierta contradicción con los principios consignados en las Escrituras.
Con todo esto, es innegable que existe una literatura sencilla, pastoralmente sana; incluso reflexiva, que puede contribuir para balancear alguna descompensación psicológica o emocional que esté afectando a las personas. Las hay. Pero una cosa es compensar un sentimiento de infravaloración y pérdida de la propiedad de lo que uno realmente es, y otra es la exaltación desproporcionada y la sobrevaloración desmedida que emplean predicadores, consejeros, escritores y hasta pastores para hacerles creer a los incautos que para sentirse realizados tienen que percibirse triunfadores y poderosos en medio de un mundo de frustrados y perdedores. Tienen que sentir que tienen gente aplastadas bajo sus pies y que ellos son los auténticos ganadores en medio de la lucha voraz y la competencia indetenible que define a este sistema.
La autoestima distorsionada y mal concebida es un estandarte del poder, de la arrogancia y del orgullo. Es caldo de cultivo de relaciones toxicas y deshumanizantes. Ya no es un recurso para salvaguardar la intimidad y el pudor, es una fuerza interior que sirve para el ataque artero y sagaz, para la finta perversa y ensayada en nombre de la defensa del sujeto social. Incluso, hay una sobrevaloración que se ejerce en nombre de la fe cristiana que está basada en discursos prefabricados y títulos postizos que se blanden como bandera de avanzada para aplastar a los demás. Triste realidad que deshumaniza y mata.
Muchas personas al vestirse antes de salir de sus casas se preparan para poner en guardia su autoestima a cualquier precio. Se anticipan, se predisponen para lastimar, se dan el derecho de agredir y maltratar todo lo que constituya una amenaza a su yo insumiso, soberbio e indoblegable. Dejan muy poco espacio para negociar y transar cualquier desacuerdo con una salida amigable, cortes y humanamente satisfactoria. Actúan con desdén ante la concordia, la cortesía y la paz. No toleran nada que pueda invadir su campo de acción y combate.
En su libro El gran viaje del ego, el psiquiatra Glynn Harrison (1) nos exhorta que: “Necesitamos tener una percepción de nosotros mismos que sea realista y esté bien fundamentada, y que no se centre en afirmar nuestra propia importancia, sino en servir a un propósito más grande que nosotros mismos”.
Sin dudas que el concepto de autoestima para legitimar los impulsos del ego humano se ha convertido en una forma de idolatría que opera sutil y perniciosamente en nuestros círculos de relaciones sociales. Podemos llegar a creernos que tenemos una autoestima saludable cuando realidad estamos siendo orgulloso y egocéntricos. En este sentido el escritor y pastor Arturo Rojas (2) nos hace saber que el sentido que tenemos de nuestro valor como personas puede afectar negativa o positivamente nuestro desempeño en la vida y nuestras relaciones con los demás.
Por considerarla necesaria Rojas nos invita cultivar y a promover una autoestima correcta entre todos los seres humanos, porque cuando la autoestima se corrompe se convierte en orgullo que promueve la vanidad, sentimiento malsano que cuando se hace pasar por autoestima es un ídolo condenado a derrumbarse estruendosamente.
No es lo mismo ser humilde que estar afectado por una baja autoestima, la que suele ir acompañada de amargura y de una actitud servil hacia los demás, mientras que la humildad es alegre y servicial.
Prefiero al que pierde
“Pienso que es necesario educar a las nuevas generaciones en el valor de la derrota. En manejarse en ella. En la humanidad que de ella emerge. En construir una identidad capaz de advertir una comunidad de destino, en la que se pueda fracasar y volver a empezar sin que el valor y la dignidad se vean afectados.
En no ser un trepador social, en no pasar sobre el cuerpo de los otros para llegar el primero. Ante este mundo de ganadores vulgares y deshonestos, de prevaricadores falsos y oportunistas, de gente importante, que ocupa el poder, que escamotea el presente, ni qué decir el futuro, de todos los neuróticos del éxito, del figurar, del llegar a ser.
Ante esta antropología del ganador de lejos prefiero al que pierde. Es un ejercicio que me parece bueno y que me reconcilia conmigo mismo. Soy un hombre que prefiere perder más que ganar con maneras injustas y crueles. Grave culpa mía, lo sé. Lo mejor es que tengo la insolencia de defender esta culpa, y considerarla casi una virtud”.
Póngale sonido a este poema y colóquelo al oído del samaritano herido camino a Jerusalén, y no tendrá que hacer ningún esfuerzo para darse cuenta que nuestro Señor Jesucristo, primero que Pier Paolo Pasolini, prefiere al que pierde.

