COLABORACIÓN
Por Tomás Gómez Bueno
El poder es una realidad difícil de definir, pero fácil de reconocer. Es un evanescente flujo que porta un efecto avasallador y terrible. No está en las cosas, pero las mueve y se expresa a través de ellas.
No está en el dinero propiamente sino en la forma dominadora y aviesa en que los hombres lo utilizan para relacionarse entre ellos. No necesariamente es posición, orden o control, pero abusa de estos principios y los impone sin miramientos, sin quejas ni excusas.
Hace creer que se basa en normas y principios, pero cuando se le antoja las burlas a su conveniencia. Como un dios rabioso destruye sus propios limites e impone las reglas a su manera y capricho.
En su expresión siniestra o bienhechora, el poder se cataloga en la valoración de lo que es la persona humana para si misma y para lo demás. Es estela de luz o capa de sombra fascinante y misteriosa. Es una especie de fantasía indefinida que no sabemos si la perseguimos o nos persigue.
Es sutil encanto al que nos aferramos con tanta pasión que puede esclavizarnos, tiranizarnos y poner todo lo que somos a su servicio. Es una enfermedad de efectos pérfidos y engañosos que sufrimos todos los hombres. Es estela de luz o capa de sombra fascinante y misteriosa.
El trágico juego del poder
Si hubo alguien que me sirvió de inspiración para decidirme a estudiar periodismo, fue el extraordinario escritor y pensador venezolano, Arturo Uslar Pietri, quien publicaba una columna semanal que aparecía en más de 50 periódicos en toda América Latina.
Aquí en el país su columna era publicada los miércoles en el periódico el Caribe. A raíz de la muerte de Don Antonio Guzmán en 1982, Uslar Pietri escribió un articulo, que aún conservo entre mis papales, con el título, “El juego trágico del poder”, en el que evoca la trágica condición de ese juego supremo de vida o muerte que conocemos como “el poder” en el que todo se puede ganar o perder.
Sostiene que el poder es el más trágico de los juegos de azar, al que ningún otro se le asemeja ni en profundidad ni en complejidad, al extremo que nadie puede medir ni el monto de lo que se expone, ni el resultado del fascinante desafío, el cual no pocas veces es el fracaso y hasta la misma muerte.
Esta forma que apuesta a dominarlo todo muchas veces se transforma fatalmente en una apuesta contra lo desconocido, que a veces tiene como salida trágica el suicidio o el asesinato. Con todo ello en nada disminuye la atracción fascinante y casi irresistible de este trágico juego.
Uslar Pietri afirma que el poder posee una atracción universal e irresistible que lo convierte en una apuesta en la que nunca se llega a saber a ciencia cierta si se ha ganado o se ha perdido. “El hombre que asume el poder asume el destino de sus semejantes y por lo mismo se convierte en el protagonista de una terrible apuesta, indefinida y abierta, en el curso de la cual es casi imposible llegar a saber si se ha ganado o se ha perdido”.
El poder es esa fascinación inagotable de lo aleatorio y lo indefinido que no termina con la acción de sus protagonistas, por lo que no se cierra nunca la discusión sobre los verdaderos resultados de los grandes lideres de la historia universal.
Ganó o perdió Julio Cesar su apuesta tenaz de poder. Es una discusión abierta y sin posible decisión final quen nadie puede responder de un modo cierto y definitivo.
Se refiere este extraordinario pensador al ejercicio narcisista del poder por el poder como una profunda e inconfesada sed de ser amado, y seguido por todos, hasta convertirse finalmente, y de un modo mágico, en la personificación absoluta de toda la colectividad, ser la muchedumbre y el destino encarnados en una persona.
Nada escapa para quien entra en el trágico círculo de este juego que se llama poder y que lo absorbe todo y lo substituye todo. “Se pierden los límites de la personalidad y la noción misma de la realidad. Se vive en puro presente y en continuo ejercicio de intuición. Se avanza descubriendo un camino cambiante para el que se piensa que se está predestinado desde la eternidad”.
La soledad del poder
No con menos agudeza e ingenio se refiere al tema el periodista Francisco Ayala, quien publicó en 1989 en el periódico el País de España, un articulo con el título “La soledad del poder”. Se refiere el periodista español a lo que el llama la erótica del poder, que en este caso nada tiene que ver con la sexualidad, al menos a primera vista y de modo directo.
Explica que la pasión erótica orientada hacia el poder arrastra a quien aspira alcanzarlo, siempre en procura de un poder mayor, e igualmente a quienes seducidos por su prestigio, ven en el poderoso un objeto apreciable.
Ayala concibe la soledad del poder como fruto del consabido desengaño del mundo, que suele venir a manera de escarmiento tras largas experiencias amargas, de falsas e ilusorias expectativas, siempre inútiles que aguarda al poderoso cuando la rueda de la fortuna aún no lo ha derribado. “Lo interesante sería más bien el fenómeno de la soledad que aflige al poderoso cuando aun no ha sido apeado de su posición, y por tanto, se encuentra rodeado todavía por la multitud de quienes bajo la seducción de la erótica del poder, lo ensalzan, lo adulan, traban y entorpecen, empeñados en participar de ese poder con cuya áurea pretenden adornarse también ellos, y arropados en cuyo manto procuran a su vez medrar”.
Los sabios y el poder
En relación al poder, los sabios enseñan a no venerarlo, a no entregarle a este monstruo todo lo que somos. Nos recomiendan aprender a manejarnos y a lidiar con él, a no someternos ni aceptar todas sus propuestas, a decirle que poseemos prendas innegociables que él no puede comparar.
Los verdaderos sabios nos han enseñado a ridiculizar, a decirle al poder que es un impostor. Una parte de la gran literatura latinoamericano está dedicada a eso, a ironizar el poder hasta presentárnoslos en sus poses más ridículas y risibles.
Jesús, Maestro de maestro nos enseñó que el cuerpo es más que el vestido. La sociedad de hoy nos quiere imponer que el valor del cuerpo está en relación al vestido que te pones para cubrirlo.
El poder es una falsa imitación de Dios, un simulacro que reclama adoración a cambio de nuestra lealtad y devoción sin límite.
El poder es un ídolo. Siempre vamos a necesitar, precisamente, el poder de Dios para manejar nuestras relaciones en perspectiva de su carácter y no en el de nuestra naturaleza caída. Ante el amor al poder, la opción es el poder del amor.

