COLABORACIÓN
Por: Alex Domínguez
Noviembre es un mes emblemático en el calendario social. Por un lado, se celebra el Mes de la Familia, un momento destinado a exaltar la unidad y los valores que sostienen el núcleo de la sociedad. Por otro lado, se conmemora la lucha contra la violencia hacia la mujer, un problema urgente que golpea a nuestra realidad. Sin embargo, estas fechas, que deberían invitar a la acción y la transformación, a menudo se diluyen en actos protocolares y discursos superficiales que no trascienden el calendario.
El problema no radica en que se dedique un mes o un día a estas causas. Al contrario, reconocer su importancia es un paso necesario. Pero convertir noviembre en un período de actos ceremoniales y gasto público sin enfoque estratégico es una oportunidad desperdiciada. Los desafíos que enfrentamos, como la descomposición familiar y la violencia de género, no son asuntos de un mes; son realidades que nos golpean los 365 días del año.
¿Qué está pasando? Reflexión y diagnóstico necesario
Para que noviembre sea realmente significativo, es necesario usar este tiempo como una plataforma de reflexión profunda y no solo de celebración. ¿Qué está ocurriendo en nuestras familias? ¿Qué está fallando en la crianza de nuestros hijos? ¿Por qué la violencia contra la mujer sigue cobrando tantas vidas? Estas preguntas deben guiarnos hacia un diagnóstico honesto de los males que aquejan a nuestra sociedad.
La familia, como pilar de la sociedad, está en crisis. La falta de valores, la desconexión entre padres e hijos y la influencia de entornos tóxicos están dejando a nuestros jóvenes vulnerables a la delincuencia, los accidentes y el abandono. Simultáneamente, la violencia contra la mujer refleja una profunda falta de educación emocional y de respeto hacia la dignidad humana. Esto no puede abordarse únicamente desde campañas simbólicas; requiere una política de estado integral.
De la reflexión a la acción: Un llamado a las autoridades
El gasto público en ceremonias y actividades conmemorativas debería reorientarse hacia la implementación de políticas reales y sostenibles. En el caso de la violencia contra la mujer, ¿por qué no invertir en programas de educación emocional y prevención desde las escuelas? ¿Por qué no fortalecer los sistemas de justicia y protección para las víctimas?
En lugar de limitarse a proclamar noviembre como el Mes de la Familia, podríamos dedicar recursos a estudiar y reformar las políticas de apoyo familiar. Es vital trabajar en programas de orientación parental, capacitación en habilidades sociales para los jóvenes y acceso a servicios esenciales para las familias más vulnerables.
Una transformación para los 365 días del año
La conmemoración en sí misma no es el problema, sino el límite que se le impone. No podemos permitir que las causas fundamentales de la violencia y la descomposición familiar sean relegadas al olvido en diciembre, cuando las luces navideñas eclipsan cualquier preocupación social.
El cambio comienza cuando tomamos noviembre como un punto de partida, no como un cierre. Es tiempo de exigir políticas que nos permitan, año tras año, ver resultados tangibles: menos mujeres víctimas de violencia, familias más estables, jóvenes con un futuro prometedor y una sociedad donde la vida y la dignidad sean verdaderamente valoradas.
Que noviembre no sea solo el mes de las palabras, sino el inicio de un cambio continuo que transforme vidas todos los días del año.

