COLABORACIÓN
Por Lester Mckenzie
Una familia feliz no es una democracia en la cual todas las opiniones cuentan en igual medida, los miembros se gobiernan a su albedrío y los padres ejercen una autoridad benigna.
Una familia feliz es aquella que tiene en cuenta las ideas y los sentimientos de sus hijos, pero se reservan el derecho de tomar la decisión final, y los niños se sienten cómodos de saber quien manda.
Las familias felices mantienen sus tradiciones lo cual es muy importante, pues de ellas depende en gran escala su fortaleza, por ejemplo, dar gracias por los alimentos a la mesa, ir a la iglesia en familia, distribuir las responsabilidades dentro del ámbito del hogar, etc..
Muchos padres temen que la menor equivocación de su parte les cause un daño irreparable a sus hijos, pero no los padres de familias bien avenidas reconocen que no son perfectos y no tienen temor de reconocerlo.
Una frase que considero sería muy útil compartir para preservar la unidad familiar después de un hecho en particular es la siguiente: “Lamento haberme enfadado, excúsame, perdóname” aprovechando para pasarle la mano por la cabeza o darle una nalgadita.
Un sello distintivo de las familias felices es que tienen sentido del humor, de lo cual puedo dar fe y testimonio y esas familias se ríen de las peculiaridades de la vida, pero nunca con malicia.
Un elemento que debe ser tomado muy en cuenta en el seno del hogar es el maltrato infantil que en estos tiempos se ha convertido en una noticia frecuente en los medios de comunicación y las redes sociales.
Todo proceso de educación válida, lógica, no puede prescindir de ciertas normas, y la mejor manera de formar niños buenos, niños correctos, es iniciar haciéndolos felices, pero ningún niño será feliz si siempre le es permitido hacer su santa voluntad.
Todos los niños deben saber lo que sus padres quieren, pero esto no significa que ellos (los padres) se deban rendir siempre a sus deseos, caprichos y hasta “chantajes”.
El niño, desde el principio, debe tener confianza en la vida a través de sus padres así como de sus demás familiares sin pasar por alto sus profesores en la formación académica.
Todo infante debe saber que papá y mamá siempre están de su parte, incluso cuando es amonestado, corregido o castigado, jamás maltratado.
Es precisamente en el equilibrio entre estos dos polos donde reside el secreto de una buena educación, de una sólida formación hogareña.
Debemos tomar en cuenta que es a partir de los cuatro años cuando los niños, según los estudiosos de la conducta humana, son capaces de aprender medianamente los razonamientos.
Demos un poco de amor a un niño y nos ganaremos su corazón. Démosle mimos, si, muchos mimos, caricias, abrazos, digámosles cuanto los queremos y cuan importantes son para nosotros pero solo cuando fuere necesario y en el momento preciso, pues hasta los dulces en exceso empalagan.
Eduquemos al niño para que la sociedad no tenga que condenar al adulto.
¡Disfruten ustedes, dilectos lectores de un hermoso domingo en familia cargado de bendiciones celestiales!

