COLABORACIÓN
Por Manuel Castillo
La inmensidad que nos hace polvo
Imaginemos por un momento que somos menos que una mota de polvo en la escala del cosmos.
Nuestro planeta es un punto azul perdido en una galaxia de cien mil millones de estrellas, y el universo contiene más galaxias que granos de arena en la Tierra.
Frente a esta vastedad, ¿qué significa afirmar que un ser supremo nos creó «a su imagen y semejanza»? ¿No será acaso que hemos reducido a Dios a la medida de nuestros temores y limitaciones?
1. Los dioses a medida humana
Las religiones —judía, cristiana, islámica, hindú, azteca— compiten por proclamar la «verdad absoluta». Pero si en el orden divino solo puede existir una verdad, ¿por qué hay miles de versiones enfrentadas? La respuesta incómoda es que los dioses son, casi siempre, creaciones humanas. Herramientas para dar consuelo, controlar masas o justificar poder. Como escribió Feuerbach: «El hombre creó a Dios a su imagen», no al revés.
2. La paradoja del Dios condicional
Se dice que Dios es omnisciente y eterno, pero también que espera nuestra obediencia para actuar. ¿Cómo conciliar su perfección con nuestra libertad? Las escrituras —desde la Biblia hasta los Vedas— insisten en que el destino del alma depende de elecciones humanas. «Cada uno morirá por su pecado» (Deuteronomio 24:16). Quizás la grandeza real de Dios esté en que, pudiendo controlarlo todo, eligió no hacerlo.
3. El fracaso de las religiones como dueñas de la verdad
El salmo 53 lo advierte: «No hay quien haga lo bueno, no hay ni aun uno». Las religiones, en vez de unir, han dividido. El cristiano condena al musulmán, el hindú desprecia al budista, y todos citan textos sagrados para validar su exclusividad. Pero si Dios trasciende lo humano, ¿no deberíamos dejar de pelearnos por quién lo interpreta mejor?
4. La única verdad posible: buscar dentro
La solución no está en cuestionar a pastores, imanes o gurús, sino en cuestionarnos a nosotros mismos.
Como propone el autor anónimo de este texto: «¡Busca por dentro!». La espiritualidad genuina no necesita etiquetas. Un azteca que sacrificaba corazones y un monje tibetano que medita pueden estar igual de cerca (o lejos) de lo divino. La verdad, si existe, es como el universo: demasiado grande para caber en un solo dogma.
Humildad cósmica
Ante la inmensidad, solo nos queda la humildad. Reconocer que, quizás, Dios —o lo que sea que ordene los multiversos— es tan distinto a nosotros que ninguna religión lo ha capturado. Mientras discutimos, el cosmos sigue expandiéndose, indiferente a nuestras peleas por la «verdad».
Tal vez la única fe válida sea la que nos impulse a pensar, dudar y, sobre todo, a tratar a los otros como lo haría un dios que realmente nos ama.

