COLABORACIÓN
Por Miguel Pérez
Lo que ha ocurrido bajo este gobierno es inaudito. Han sobrepasado los límites de lo que muchos consideraban posible. Una vez más, el pueblo ha sido traicionado, envuelto en un engaño meticulosamente construido por quienes se han erigido como los administradores del poder. Hemos depositado nuestra confianza en manos de individuos cuya verdadera agenda no responde a los intereses nacionales, sino a su propio beneficio y a la perpetuación de un sistema que nos somete.
La manipulación ha sido la piedra angular de su estrategia. Han silenciado voces, comprado conciencias y convertido la verdad en un bien negociable. Mediante la intimidación y la difamación, han degradado la dignidad de una nación entera, erosionando sus cimientos y entregando su soberanía a intereses extranjeros.
La patria, en su esencia más pura, ha sido puesta en manos de quienes no la respetan, de quienes la ven solo como un terreno de explotación y de quienes, históricamente, han menospreciado su existencia.
Este gobierno ha desatendido su deber con la nación, priorizando el capital y el turismo por encima de los derechos de sus ciudadanos. Ha hipotecado el futuro, sumergiendo al país en compromisos financieros colosales, cuyos costos recaen sobre las espaldas de un pueblo que se ve obligado a sostener un modelo económico voraz y deshumanizante.
Mientras tanto, la estructura social se debilita, la seguridad se convierte en una ilusión y la justicia en un instrumento de conveniencia.
Las fuerzas del orden, creadas para proteger al ciudadano, han sido transformadas en un mecanismo de coerción. Se han vuelto contra aquellos a quienes juraron servir, estableciendo un régimen de miedo y represión. La autoridad, en lugar de resguardar la integridad de la nación, ha optado por someterla, confundiendo poder con impunidad.
Ante esta realidad, el pueblo se encuentra en una encrucijada histórica. La indignación es legítima, pero debe canalizarse hacia un propósito real y concreto: el cambio del Sistema Político Representativo por un Sistema Político Participativo Directo.
Cualquier otra respuesta que no tenga este objetivo como norte se perderá en la efervescencia del momento y, al final, solo servirá para reforzar el mismo sistema que ha causado tanto daño.
La historia ha demostrado que ningún régimen basado en el abuso es eterno. Es el despertar de la conciencia colectiva lo que define el destino de una nación.
No se trata de rechazar el Sistema Económico Capitalista, sino de reformarlo, evitando monopolios, limitando el poder de las transnacionales y protegiendo al productor nacional frente a acuerdos comerciales desventajosos.
La solución no está en destruir la estructura económica, sino en perfeccionarla con principios que garanticen equidad y desarrollo sostenible.
Sin embargo, cambiar rostros en el poder no es suficiente. El problema de raíz no reside únicamente en quienes gobiernan, sino en el sistema político que lo permite.
Desde la creación de la República, hemos vivido bajo un modelo de representación que nunca ha reflejado la verdadera voluntad del pueblo.
No hemos experimentado una democracia pura, sino una democracia condicionada, donde la voz del ciudadano queda relegada a simples períodos electorales, mientras una élite perpetúa su dominio.
La única vía para salvaguardar nuestra identidad, nuestra esencia y nuestra soberanía es transformar el sistema político en uno de participación directa, donde la nación no solo elija, sino que decida; donde la voz del pueblo no sea una formalidad, sino la fuerza motriz del destino nacional.
La patria no se entrega, se defiende. La dignidad no se negocia, se proclama. Y el futuro no se espera, se construye.

