COLABORACIÓN
Por Antonio Corcino
En la compleja danza de la política, la verdad a menudo se ve eclipsada por una sombra inquietante: la posverdad.
Desde los remotos eventos de manipulación del pasado hasta las artimañas más recientes, este fenómeno ha tejido un tapiz de desconfianza y engaño en el ámbito electoral. La integridad y la transparencia, pilares fundamentales de cualquier sistema democrático, se ven desafiados por la astucia de aquellos que buscan capitalizar ventajas políticas a cualquier costo.
Desde aquella desinformación del «no creo en Dios» de Bosch en las elecciones de 1990, editando el contexto crucial del «SÍ»; pasando por la edición del audio de Leonel en 2004, donde se falsificó un ataque al sistema financiero nacional; hasta eventos nunca ocurridos como el supuesto viaje de Hipólito a Sinaloa en el avión del Chapo Guzmán en 2012, o las calumnias sin límites contra Peña Gómez en las elecciones de 1994 y 1996, por solo citar algunas muestras de su práctica en el país, si bien hemos avanzado en algunas conquistas de decencia en el ejercicio de la política, aún queda mucho por hacer en términos de integridad y transparencia electoral. Estos incidentes subrayan la necesidad de rectitud y diafanidad en lo electoral.
La posverdad se manifiesta especialmente en tiempos electorales, generando impactos notables como polarización, desconfianza institucional y la formación de burbujas informativas. Esto subraya la obligatoriedad de fortalecer la alfabetización mediática y digital para contrarrestar estos efectos negativos.
En el ámbito político dominicano, en ocasiones la distorsión deja su huella en campañas, opinión pública y medios digitales, afectando temas sensibles como educación y salud pública, por ejemplo, que su abordaje de alguna manera, la forma como es usado terminan desinformando y desacreditando a la institucional. De este modo, es fundamental promover una sociedad informada y crítica para evitar que sea influenciada.
Tanto ha sido así que, a lo largo de la historia electoral dominicana, se han registrado incidentes con características de posverdad, como la adulteración de declaraciones de políticos destacados.
Recientemente, todos fuimos testigos cuando una parte de la oposición política, en un afán por obtener ventajas en las urnas, arremetieron contra el presidente Abinader, acusándolo de llamar «plaga» a los motoristas durante una entrevista.
Sin embargo, esa no fue la palabra que usó. De manera clara, en el video el mandatario se refiere a las «placas» de los motores, en el contexto de medidas para regularizar ese sector.
En contexto, es crucial diferenciar entre campañas sucias y negativas, priorizando críticas fundamentadas sobre tácticas deshonestas. Afectado por esta nociva práctica, el Partido Revolucionario Moderno (PRM) ha denunciado ante la JCE la difusión de noticias falsas para perjudicar la imagen de su candidato, enfatizando la importancia de cesar su uso para fortalecer la fe pública en la democracia.
La denuncia del PRM es un llamado a garantizar que el debate político se base en argumentos verídicos, respetando la verdad y promoviendo el diálogo constructivo. Esta es la senda hacia un futuro donde la posverdad sea solo un recuerdo oscuro en la historia política.
En este contexto, la denuncia del PRM ante la JCE por la utilización de noticia falsa como arma política es un llamado urgente a la acción. La fe pública en el proceso democrático se ve amenazada por prácticas que socaven la integridad y la transparencia electoral. Es el momento de poner fin a estas estrategias deshonestas y asegurar que el debate político se base en argumentos verídicos y honestos.
La sociedad dominicana, como cualquier otra, merece una política que respete la verdad y promueva el diálogo constructivo. Solo así podremos avanzar hacia un futuro donde la posverdad sea solo un recuerdo oscuro en los anales de la historia política.

