OBITUARIO
Por Manuel Castillo
En ocasiones, la vida nos sorprende con su fragilidad y nos recuerda lo efímero que es nuestro paso por este mundo. Mañana a las 10 de la mañana, despediremos a mi sobrino Moisés.
Hace apenas cuatro meses, tuvimos que enterrar a Ottoniel, aunque eran primos, descansarán en cementerios diferentes. Sin embargo, ambos se encontrarán en el mismo destino final, tal vez en un plano desconocido donde sus almas se crucen sin reconocerse.
Esta dolorosa experiencia me ha llevado a reflexionar sobre nuestras actitudes y comportamientos en la vida. ¿Para qué presumimos? ¿Por qué somos crueles? ¿Qué nos impulsa a ser arrogantes y egoístas? ¿Por qué abandonamos nuestra verdadera identidad para adoptar una máscara que no nos corresponde?
Es momento de cultivar la humildad y enriquecer nuestra conciencia. Es hora de fortalecer los lazos familiares y valorar nuestra filiación. Hoy, Ottoniel ya no está aquí. Tampoco Moisés. Sin embargo, queda el remordimiento en aquellos que, por orgullo, no tuvieron la oportunidad de decir «te amo» mientras estaban vivos.
Hoy, me siento agradecido por haber expresado mi amor a Moisés antes de su partida. Me queda la satisfacción de saber que le dije lo importante que era para mí. Pero, ¿qué estás esperando tú para expresar tu amor y empatía hacia aquellos que amas? La vida es corta, efímera. No sabemos qué depara el mañana ni a quién nos arrebatará de nuestro lado.
En esta reflexión, invito a cada lector a considerar la importancia de valorar a nuestros seres queridos mientras están con nosotros.
No esperemos a que sea demasiado tarde para expresar nuestro amor y aprecio. La muerte no espera, y no podemos predecir quién será el próximo en partir.
Que estas palabras nos inspiren a abrazar la vida con gratitud y a amar sin reservas a aquellos que nos rodean. No dejemos que el remordimiento sea nuestro único compañero cuando ya sea demasiado tarde.

