EDITORIAL
Ha fallecido un oficial de excelencia en Villahermosa, Gil Alberto Crispín, a quien todos conocíamos cariñosamente como «Pepe».
Lo que puedo decir es que siempre estuvo atento, especialmente en los casos de niños desaparecidos. Cuando llegaban al destacamento, Pepe los sentaba, les compraba comida, jugo, y les daba agua.
Luego me enviaba una foto y me decía: «Quevedo, este niño acaba de llegar, informa para que sus familiares vengan a buscarlo». Con los ancianos hacía lo mismo. Siempre se preocupaba por los más vulnerables en situaciones como estas.
No somos una papeleta de 2000 para gustarle a todo el mundo, pero yo, Adonys Quevedo, doy fe de que este señor hizo todo lo que estuvo en sus manos por Villa Hermosa. Hoy deja una gran tristeza en esta demarcación.
Sin embargo, en medio del dolor, nos consuela saber que en sus últimos días, mientras estuvo enfermo, Pepe aceptó al Señor como su Salvador.
Esta noticia nos llena de esperanza, al saber que confesó a Dios y pidió que su nombre fuera escrito en el libro de la vida. Nos alivia creer que hoy descansa en la paz del Señor, bajo su gracia infinita.
Que Dios lo tenga en un buen lugar, lo reciba con los brazos abiertos, y ayude a sus hijos, con quienes siempre fue tan atento.
Que su legado de bondad y servicio permanezca en el corazón de quienes lo conocimos.

